El elemento humano en la visión de Valle
Para comprender a Evaristo Valle, es necesario mirar más allá de la mera superficie de sus lienzos y percibir su rechazo a ser un simple transcriptor de paisajes. No le interesaba la precisión clínica de una vista ni el rigor absoluto de un estudio paisajístico. En su lugar, se centró en las características humanas de sus sujetos. Su obra captura el temperamento y el contexto sociológico más que un realismo individualista. Al observar sus figuras, se percibe el peso de su entorno y la realidad social que habitan.
Su proceso era profundamente mental. Aunque no rehuía la observación de la vida real, utilizaba con frecuencia la memoria para reconstruir a sus sujetos. Creía que la pintura era un acto cognitivo, muy similar al de los maestros del Renacimiento. Este enfoque le permitió presentar a las personas dentro de las atmósferas específicas a las que pertenecían: un marinero junto a sus redes o mujeres entregadas al cotilleo. Pintaba la esencia de las personas más que su apariencia física, priorizando el alma del individuo por encima de un parecido fotográfico.
De París a Gijón
El desarrollo de Valle estuvo marcado por el movimiento y la geografía. Su etapa temprana incluyó una estancia significativa en París a partir de 1903, donde surgieron obras como La Orgía. Estos años le proporcionaron una perspectiva distinta antes de su regreso definitivo a Gijón. Al volver a Asturias, el paisaje y su gente se volvieron inseparables de su producción creativa. La naturaleza húmeda de Asturias, con sus verdes específicos y nubes densas, proporcionó la paleta necesaria para sus exploraciones posteriores.
Su producción tardía se desplazó hacia series y colecciones temáticas que lo arraigaron en su región natal. Entre sus obras más notables se encuentran:
- Las Cajas
- Baile de Carnaval
- El Potro en el Corral
- Gente Elegante de Gijón
Un legado preservado
La supervivencia del legado de Valle se debe menos al impulso institucional y más a la devoción personal. El Museo Evaristo Valle existe porque su sobrina, María Rodríguez del Valle, reunió sus obras, objetos personales y documentos con un cuidado intenso tras su muerte en 1951. La colección no es simplemente una galería, sino una reconstrucción de su vida, que incluye su estudio e incluso las conchas marinas que heredó de su padre.
Los edificios del museo, situados en la finca de La Redonda en Somió, albergan más de cien obras organizadas por cronología y tema. Esto permite un examen directo de su evolución técnica. El entorno mismo, con su mezcla de jardinería francesa e inglesa, refleja la dualidad presente en su obra: la tensión entre la realidad local asturiana y las más amplias influencias artísticas europeas que encontró en su camino.