Una vida entre Lieja y Nápoles
Los rastros de Niccolò De Simone sugieren la historia de un hombre que transitaba por las fronteras de Europa. Nacido en Lieja, llevó sus raíces flamencas hasta el corazón del Reino de Nápoles. Su presencia en la ciudad se siente con mayor fuerza durante las décadas centrales del siglo XVII, específicamente entre 1636 y 1654. Aunque algunos registros sitúan su actividad un poco más tarde, las pinceladas que dejó en las iglesias napolitanas lo anclan a este tiempo y lugar específicos.
Trabajó bajo diversos nombres, siendo referido en ocasiones como Nicolò Fiammingo o Lo Zet. Esta variedad de denominaciones revela la trayectoria de un pintor que probablemente navegó por distintos círculos sociales y encargos. Su movimiento no se limitó a Italia; existen relatos que sugieren que su mano alcanzó España y Portugal, aunque sus huellas más perdurables permanecen en las capillas de Nápoles.
El peso del pincel
Su obra posee la presencia pesada y física propia del estilo barroco. En los rincones silenciosos de la Iglesia de San Lorenzo Maggiore, se encuentran sus frescos decorando la Capella Cacace y la capilla de San Roque. No se trata de decoraciones ligeras o etéreas, sino de obras que exigen atención a través de su propia sustancia. Utilizó el óleo sobre lienzo para capturar narrativas religiosas, centráestándose a menudo en la gravedad del tema tratado.
Las composiciones suelen apoyarse en la influencia de aquellos que trabajaban en la misma órbita napolitana. En sus trazos se pueden apreciar las luces y sombras moldeadas por la presencia de Jusepe de Ribera, Massimo Stanzione, Bernardo Cavallino y Mattia Preti. Sus pinturas, tales como La decapitación de San Juan Bautista o Santa Ágata, muestran un enfoque en la forma humana y en la tensión del drama religioso. Asimismo, aplicó su destreza al fresco, permitiendo que su arte se integrara en la arquitectura misma de los edificios que custodiaba.
Un legado en piedra y pigmento
La supervivencia de su obra depende de la preservación de los espacios que tocó. Sus pinturas religiosas estaban destinadas a altares y capillas específicos, concebidas para ser contempladas por aquellos que se arrodillaban en oración. Algunas de estas piezas han llegado a colecciones alejadas de Nápoles, como el Museo de Arte John y Mable Ringling, donde una pintura atribuida a él permanece bajo custodia.
Su contribución a la escuela napolitana se manifiesta de las siguientes maneras:
- La integración de la técnica flamenca con el drama del barroco italiano.
- La ejecución de frescos religiosos de gran escala dentro del complejo de San Lorenzo Maggiore.
- El uso del óleo sobre lienzo para representar figuras intensas y musculosas, así como temas mitológicos como Hércules.
Falleció alrededor de 1677, dejando tras de sí un cuerpo de obra que permanece ligado a las iglesias y capillas donde alguna vez laboró.